Saved Data

Los mejores cumpleaños son los de Makoto, llenos de música de shamisen, buena comida y pelis de yakuzas.

Mi historia con Digimon

Mi historia con Digimon es complicada, y no logro recordar si alcancé a explicártela alguna vez. Comenzó en la secundaria, allá por el año de 1999: un compañero me había platicado de una caricatura que vio en un viaje que hizo a Estados Unidos, que aparentemente copiaba en muchos aspectos a Pokémon. Y es que siendo un gamer empedernido, Pokémon se había ganado un lugar entre mis juegos favoritos con sus intrincadas mecánicas de gameplay que en aquella época no eran tan comunes en nuestro lado del charco. Y aunque ya en ese momento su adaptación al anime comenzaba a provocarme más pena ajena que diversión, me resultó indignante que los gringos quisieran colgarse del éxito de la franquicia con su copia pirata.

Obviamente, mi primer error fue pensar que Digimon se trataba de una producción occidental, y el ver los promocionales de su estreno en la ahora desaparecida cadena de Fox Kids no logró demostrarme lo contrario. A los 13 años aún no tenía el ojo suficientemente entrenado en el arte de los monos chinos para saber reconocer la diferencia entre la animación japonesa y la occidental.

Y así pasé los años, sin siquiera conceder el beneficio de la duda a Digimon. A pesar de que en algún momento llegué a enterarme de su origen nipon, las similitudes con la franquicia que había representado tal furor en mi infancia me impedían aproximarme con objetividad.

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“Waiting… to be born again.”

Sobre blogs y otras ficciones

Me invade un gran entusiasmo mezclado con cierta dosis de melancolía al encontrarme escribiendo nuevamente en un espacio como éste. El coctel de emociones se lo debo a la invitación de Naop y hago público mi agradecimiento hacia él por brindarme un lugar dentro de “Hello!! Save Data”.

Ofreciendo contexto diré que hace algunos ayeres busqué dar sentido (a través de un blog personal) a los acontecimientos con que la vida me golpeó de manera dolorosa y repentina; sin embargo, más allá de abandonarme al sufrimiento, pretendía fortalecerme con cada experiencia a partir de su transmutación en relatos.

A partir de los 12 años me inicié en un hábito que no he podido dejar de lado: la creación de historias. Si bien durante mi adolescencia todos esos disparates tomaron la forma de palabras plasmadas en chats primitivos y más adelante en hojas y hojas de cuadernos; para los años de universidad mi escritura osciló únicamente entre lo académico y el acto catártico.

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Cuando despertó, el blog todavía estaba allí.

Makoto

La gente “de gatos” somos excepcionales. Lo creo firmemente, aunque quizás no pueda explicarlo del todo. Quizás sea el temple y entrega que se requiere para tratar con ellos, o el desapego e independencia que inevitablemente requerimos para ser alguien que disfruta de la compañía de un felino. Por lo general, somos personas que no buscan la gratificación instantánea, que están dispuestas a cultivar un cariño con paciencia y cuidado. Lo cierto es que amar a los gatos, es un aspecto definitorio en la personalidad de alguien.

De la historia que les conté ayer, por ejemplo, se pueden deducir muchas cosas sobre la clase de persona que soy yo. Se pueden imaginar que, de toparme con el sufrimiento ajeno en mi camino, no es algo que pasaría desapercibido para mí. Sin importar si se tratase de una persona o un animal.
Pero también es necesario aclarar que siento un profundo desprecio por las personas que se regocijarían o incluso causarían dicho sufrimiento. Y sí, también sentiría desagrado si me topase con personas que ignorasen esa clase de situaciones, siguiendo de largo con sus vidas apáticas. Incluso podría concluir que para mí es más importante la vida de un pequeño animal, que la de esta clase de personas.
Si estas declaraciones les parecen un tanto soberbias, vamos por buen camino para entender lo que representa para mí el nombre de Makoto.

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Sei he ki

Si alguien llega a preguntarme si he tenido alguna experiencia sobrenatural, normalmente respondo que no, que a la fecha no he experimentado nada que me haga dudar por completo de las explicaciones racionales de cualquier fenómeno. Pero siendo completamente honesto, creo que a lo largo de mi vida he presenciado una que otra situación que pone a prueba ese férreo escepticismo, aunque sea de formas más sutiles y personales.

Una de esas situaciones ocurrió hace unos 8 años, en un domingo “melancólico” que en realidad era como cualquier otro día de la semana, pero que a los seres humanos nos gusta ensalsar con cualidades místicas o fatídicas. Estaba atardeciendo, y yo iría a encontrarme con mi hermano Stefano a la central camionera. Él ya estaba a mi cargo en aquel entonces, y regresaba de visitar a su abuela en San Luis Potosí.

Nuestro departamento en la colonia Industrial quedaba lo suficientemente cerca para irnos caminando, así que después de encontrarme con él, emprendimos el regreso a pie. Pero a tan sólo un par de cuadras, aún en la demacrada colonia que rodea a la central camionera, algo llamó nuestra atención: los maullidos de dolor de un gato herido a mitad de una calle poco transitada.

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